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Cuando yo nací y entre mantas y pañales no era más que una interrogante del destino, mi padre eligió a Corcuera para que sea mi padrino de bautizo. Con una fe a pesar de toda esa incertidumbre que por entonces era mi vida él me acogió. Hoy, él encanecido, y yo por encanecer, le dedico estas magras líneas como un testimonio que esa historia en blanco que fue el día que se hizo mi padrino ahora está llena de recuerdos. Una historia personal que yo evoco ahora con admiración, nostalgia y…

Cuando yo nací y entre mantas y pañales no era más que una interrogante del destino, mi padre eligió a Corcuera para que sea mi padrino de bautizo. Con una fe a pesar de toda esa incertidumbre que por entonces era mi vida él me acogió. Hoy, él encanecido, y yo por encanecer, le dedico estas magras líneas como un testimonio que esa historia en blanco que fue el día que se hizo mi padrino ahora está llena de recuerdos. Una historia personal que yo evoco ahora con admiración, nostalgia y…

Ahora que ella es solo un vago recuerdo, ahora que agonizan las ansias que le tuve en las fauces del olvido, ahora que el verde de sus ojos parece decolorarse en mi mente hacia el fantasma del gris, me aúllan los calendarios al escribir. Quedo en silencio al intentar justificarme. Y entonces es cuando pienso que tal vez tardas treinta años en poner nombre y apellido a tu primer amor porque hay miedos que duran toda una vida.  Pero también comprendo que hay fuegos que no se consumen jamás.

Ahora que ella es solo un vago recuerdo, ahora que agonizan las ansias que le tuve en las fauces del olvido, ahora que el verde de sus ojos parece decolorarse en mi mente hacia el fantasma del gris, me aúllan los calendarios al escribir. Quedo en silencio al intentar justificarme. Y entonces es cuando pienso que tal vez tardas treinta años en poner nombre y apellido a tu primer amor porque hay miedos que duran toda una vida. Pero también comprendo que hay fuegos que no se consumen jamás.

Frente ante tal avasallador fracaso de mis capacidades manuales para atarme los zapatos en el colegio me queda en todo caso el nada despreciable consuelo existencial que seguro podré morir de todas las formas posibles pero jamás ahorcado por una soga que estas poco orgullosas manos preparen cuando me ronde la idea del suicidio. Leer más aquí: http://recuerdosdeustuanos.blogspot.pe/2015/11/episodio-dos-cuando-sabes-que-vas-al.html

Frente ante tal avasallador fracaso de mis capacidades manuales para atarme los zapatos en el colegio me queda en todo caso el nada despreciable consuelo existencial que seguro podré morir de todas las formas posibles pero jamás ahorcado por una soga que estas poco orgullosas manos preparen cuando me ronde la idea del suicidio. Leer más aquí: http://recuerdosdeustuanos.blogspot.pe/2015/11/episodio-dos-cuando-sabes-que-vas-al.html

Entre el asfixiante recuerdo de golpes que rasgan el aire y quejidos de aquel fantasmagórico día, más de una vez me he preguntado cómo fue posible que esos años de mi niñez en el colegio hayan sido acuchillados por un episodio tan macabro como el que he narrado. ¿Qué tuvo que pasar para que un niño flagele a su par en el más impar de los abusos? Sin poder hallar respuesta posible ruedo en una caminata sin fin. Desciende una respuesta de repente: Será porque las rosas también tienen espinas.

Entre el asfixiante recuerdo de golpes que rasgan el aire y quejidos de aquel fantasmagórico día, más de una vez me he preguntado cómo fue posible que esos años de mi niñez en el colegio hayan sido acuchillados por un episodio tan macabro como el que he narrado. ¿Qué tuvo que pasar para que un niño flagele a su par en el más impar de los abusos? Sin poder hallar respuesta posible ruedo en una caminata sin fin. Desciende una respuesta de repente: Será porque las rosas también tienen espinas.

Grafiti del colegio Alejandro Deustua una semana previa a la entrega de la inmobiliaria que ejecutará su demolición.

Grafiti del colegio Alejandro Deustua una semana previa a la entrega de la inmobiliaria que ejecutará su demolición.

Y acaso también, en ese trance postrero en que se le iba la existencia, derrotado en el lecho de muerte, por un fugaz instante a mi querido profesor le acompañó el vago recuerdo de ese inocente jueguito que tuvimos ambos para someter a prueba mi serenidad, y con un gesto de amable revancha, decidiendo que ahora era su turno de vencer, resumió en los ojos el amor por su legión de alumnos y así, taciturnamente entreabiertos, se despidió de todos.

Y acaso también, en ese trance postrero en que se le iba la existencia, derrotado en el lecho de muerte, por un fugaz instante a mi querido profesor le acompañó el vago recuerdo de ese inocente jueguito que tuvimos ambos para someter a prueba mi serenidad, y con un gesto de amable revancha, decidiendo que ahora era su turno de vencer, resumió en los ojos el amor por su legión de alumnos y así, taciturnamente entreabiertos, se despidió de todos.

Lo cierto es que hoy, vislumbrado aquella desdicha de mi niñez, comprendo que la sabiduría también consiste en olvidar. Y en perdonar. En este preciso renglón entierro la espina del tiempo que sufrí. Y en este otro renglón extiendo la flor de la palabra con la colorida esperanza de que sus pétalos germinen en una nueva primavera de una relación marchitada entre otoños de olvido.

Lo cierto es que hoy, vislumbrado aquella desdicha de mi niñez, comprendo que la sabiduría también consiste en olvidar. Y en perdonar. En este preciso renglón entierro la espina del tiempo que sufrí. Y en este otro renglón extiendo la flor de la palabra con la colorida esperanza de que sus pétalos germinen en una nueva primavera de una relación marchitada entre otoños de olvido.

A un tiempo iracundo y reconfortado, me sobresalto al pensar que el Deustua, flagelado de tiempo, de polvo, de escombros, y de olvido, terminará por parecerse a papá, reducido también a su más pura esencia.

A un tiempo iracundo y reconfortado, me sobresalto al pensar que el Deustua, flagelado de tiempo, de polvo, de escombros, y de olvido, terminará por parecerse a papá, reducido también a su más pura esencia.

En la tarde hueca / nunca antes tan explícitamente / bajo el cielo de Magdalena / las moribundas ruinas del Deustua / gimen al sol / que les arroja una tardía tregua / en una escabrosa sombra. / El hule de los autos atropella la memoria. / La brisa trae consigo el viento, / el oprobio del olvido.

En la tarde hueca / nunca antes tan explícitamente / bajo el cielo de Magdalena / las moribundas ruinas del Deustua / gimen al sol / que les arroja una tardía tregua / en una escabrosa sombra. / El hule de los autos atropella la memoria. / La brisa trae consigo el viento, / el oprobio del olvido.

Tal es el drama que se me hace evidente ahora que una memoriosa fotografía de promoción de la primaria del colegio Alejandro Deustua ha recorrido los siete mares del bravío tiempo y encapsulada en una vidriosa botella llega hasta mis enarenados días como la respuesta a una súplica de un náufrago en su densamente poblada isla del olvido.

Tal es el drama que se me hace evidente ahora que una memoriosa fotografía de promoción de la primaria del colegio Alejandro Deustua ha recorrido los siete mares del bravío tiempo y encapsulada en una vidriosa botella llega hasta mis enarenados días como la respuesta a una súplica de un náufrago en su densamente poblada isla del olvido.

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